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Evolución médica
Nací en Barcelona en 1968, en un parto normal. Pesé tres kilos y mi aspecto era el de cualquier otro bebé. Descubrieron que tenia OI sobre los seis meses de edad porque no paraba de llorar, especialmente cuando me tocaban una pierna para cambiarme los pañales. Al hacerme una radiografía en el hospital descubrieron una fractura que tuvieron que inmovilizar de inmediato. Los médicos me diagnosticaron Osteogénesis Imperfecta, una enfermedad que mis padres desconocían por completo y de la cual en la familia no había antecedentes.
El primer especialista con el que contactaron mis padres (privado, naturalmente, porque en la Seguridad Social en aquella época no tenían ni idea de lo que era la OI), les dio pocas expectativas, por así decirlo. Les dijo que se acostumbraran a su "desgracia" y que (textualmente) "me colocaran delante del televisor porque todo el mundo que yo vería lo tendría que ver a través de la tele".
Viendo el panorama y la impresión que les dio el susodicho individuo (del cual obviaré el nombre porque a estas alturas ya debe estar criando malvas) se fueron a otro especialista, el Doctor Cañadell y su equipo, donde también estaba el Doctor Peinado. Les trataron atentamente y les hicieron el siguiente comentario (me lo sé de memoria porque mi madre me lo ha repetido muchas veces): "La osteogénesis imperfecta no es ninguna tontería. Su hija va a tener un problema de movilidad importante a lo largo de toda su vida, que nosotros intentaremos paliar en lo posible. La evolución no la podemos prever aún, creemos que el tipo de OI que tiene frenará al llegar a la pubertad, pero tampoco sabemos hasta qué punto. Lo único que sí les podemos asegurar es que su niña será una centella, con un cerebro y un carácter privilegiado. Y si no, al tiempo".
Total, que ya más tranquilos, empezamos todos juntos la etapa más dura de la OI: la infancia.
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