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El diagnóstico de OI A
los 12 años, el 21 de noviembre de 1975 (al día siguiente de la
muerte de Franco), me ingresaron en la impresionante Clínica
Puerta de Hierro, de Madrid. Terminaba una época negra de mi vida
y comenzaba otra gris oscura, con tintes azulados. Alguien debió
pensar que necesitaba atención especializada. Estuve
4 meses ingresado, me miraron las escleróticas cientos de veces,
a la búsqueda de tonos azulados, y me hicieron toda clase de
análisis en el departamento de citogenética del hospital. Nunca
nos contaron los detalles de aquella investigación, sólo el
diagnóstico: osteogénesis imperfecta. Cuando pregunté su
significado, alguien que debía ser especialista en etimologías
me dijo: "Está muy claro. 'Osteo' significa hueso y
'génesis' en el origen. La osteogénesis imperfecta es una
imperfecta formación de los huesos de origen genético". De
esta forma, he pasado 25 años en la creencia de que la OI era un
nombre genérico que se asignaba a una patología caracterizada
por la fragilidad ósea. |
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Comencé un tratamiento de rehabilitación con
hidroterapia (movimiento en una piscina), me recetaron un aparato
bitutor para proteger la pierna y me mandaron a casa. Corría el
año 1976. ¿Algo bueno desde entonces? La tibia no se ha roto en
todo este tiempo. Toco madera.
Aquel año pude reincorporarme al colegio.
Llevaba 3 años sin pisar una escuela.
Pero en esa época las alegrías duraban poco. En el otoño de ese año, al poco tiempo de iniciar las
clases, me caí y se rompió el fémur de la pierna derecha. Puede que fuese culpa del propio aparato
bitutor, que hizo palanca en la caída. He oído esta teoría en
alguna parte, como característica negativa en contra del uso de
estos aparatos en OI..
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Ejemplo de aparato bitutor
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En esta ocasión, me pusieron una
aguja de Kuncher y me colocaron un yeso hasta la cintura. Varios
meses más tarde, y tras retirar el yeso, volví a la Clínica
Puerta de Hierro para iniciar la rehabilitación y que me
construyesen un nuevo aparato bitutor. Pero la suerte no estaba de
mi lado en aquella época y, durante la estancia en el hospital,
el clavo se desplazó hacia arriba y tuvieron que extraerlo. Al
día siguiente de la operación, los médicos se percataron de que
el fémur no estaba soldado, volvieron a enyesarme hasta la
cintura y me mandaron para casa. Al final, conseguí la
rehabilitación y el aparato bitutor. Pero me costó 3 años
recuperarme de esta fractura. Fueron 3 años que pasé en cama,
bajo prescripción facultativa. Tenía
16 años y corría el año 1979, en plena transición
democrática.
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El adolescente siempre malhumorado y
enfadado con el mundo.
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Con un aparato nuevo y usando bastones para caminar,
pude volver a las aulas. Empezaba los estudios de secundaria. Los
dos años anteriores había tenido un profesor en casa, todo un
lujo que reflejaba, en el campo de los asuntos sociales, la nueva
situación por la que atravesaba el país. Por primera vez en
muchos años pude comenzar y terminar un año académico sin
incidentes.
Pero al
inicio del siguiente curso escolar, en el otoño de 1980, una
nueva caída volvió a paralizar mi vida. Tenía 17 años, fue la
última hasta la fecha y me costó 2 años de recuperación. Me
atendieron en primera instancia en el conocido hospital de
Puertollano. El traumatólogo de turno decidió que la reducción
de la fractura requería una nueva aguja de Kuncher y se puso
manos a la obra. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando, al
despertar de la anestesia, el médico vino a la habitación a
disculparse. |
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Mientras colocaban el clavo, accidentalmente, me
habían roto el fémur por otro sitio. De modo que ahora tenía
dos fracturas en lugar de una. Fue necesaria una nueva
intervención quirúrgica y un nuevo clavo. No
sé por qué, pero costó muchísimo que soldase esta fractura.
Llegaron a implantarme un electroestimulador del callo óseo, que
aún llevo puesto. Pero, una vez más, conseguí mi
rehabilitación física en el Puerta de Hierro con el tratamiento
habitual: hidroterapia y aparato bitutor. A
los 19 años retomé mi vida y desde entonces no he parado. Me ha
quedado, como secuela, un acortamiento de 8 cm en la pierna
derecha y sigo necesitando un aparato bitutor y bastones ingleses
para caminar. Pero no he
vuelto a tener problemas. Puede que sea porque ha
aumentado mi densidad ósea o puede que me haya vuelto más
cuidadoso. Como
dicen al final de una gran película de aventuras de finales de
los 70's, «...después de esta hubo mil aventuras y pasaron
muchas cosas; pero esta... esta es otra historia». Ahora
mismo, la OI, para mí, es una carrera de fondo cuyo pistoletazo
de salida se produce, aproximadamente, a los 17 ó 18 años,
cuando las fracturas desaparecen y la situación física se
normaliza. Y para tener éxito en esta carrera hay que tomar la
salida en la mejor forma posible:
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Con una buena formación. Este es un mundo
muy competitivo que no perdona a los rezagados. Y la OI no
puede (o no debe) ser una excusa para quedarse atrás.
...
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En la mejor forma física posible. Ahora
hay muchos más tratamientos que hace 30 años.
...
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Y con una buena salud mental. Para ello es
fundamental haber tenido una vida, más o menos, normalizada,
asistiendo al colegio, saliendo con los amigos, etc. No debe
haber privilegios ni sobreprotección.

En algún momento de mi vida con veintitantos
años.
El último capítulo en este relato médico data
de 1999, aproximadamente. Tuve que visitar a un traumatólogo para
que me recetase un nuevo bitutor. El médico me dijo que antes
quería hacerme radiografías para verificar que el aparato era
necesario. Cuando vió las placas, me hizo la receta sin problemas,
pero me dijo que tuviese cuidado. Según él, la situación de la
pierna no era buena y que empeoraría con la edad. ¿La opinión de
un médico inexperto?
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