Y empiezan los problemas

A los 8 años tuve una fractura en el tercio medio de la tibia derecha. Fue durante el transcurso de un juego un poco salvaje en el que varios niños cogidos de la mano corren en persecución de otro grupo de niños que corren del mismo modo. En estas condiciones, pierdes el control de lo que haces y, literalmente, te sientes arrastrado por el grupo. Mi equipo saltó por una altura de, aproximadamente, un metro de altura. Y se produjo la fractura.

¿Se habría roto la pierna de no haber tenido OI? ¿Era una caída lo suficientemente violenta? ¿Alguien debía haberme advertido contra los juegos "peligrosos"? ¿Hasta dónde debe llegar la normalización en la vida de un niño con OI?

Nuestro médico de cabecera, que era el médico en la empresa en la que trabajaba mi padre, nos dijo que él se encargaría del asunto. Era un trauma leve y no valía la pena meterse en los tortuosos caminos de la burocrácia hospitalaria. No sé por qué, pero acabó poniéndome 3 escayolas seguidas. Acudía a su consulta con el yeso, me lo quitaba y me ponía otro.

No obstante, tras la tercera escayola, mi recuperación fue buena y pude normalizar mi vida. Pero a los 9 años, un año después, la tibia volvió a romperse por el mismo sitio durante un partido de fútbol escolar. Repito aquí las preguntas que me he formulado en el segundo párrafo de esta página. En esta ocasión sí me llevaron al hospital. Me colocaron un yeso para reducir la fractura durante un mes y medio o dos meses. Y también en esta ocasión pude recuperarme perfectamente y sin problemas.

Algunos meses más tarde, con 10 años, exactamente, el 12 de octubre de 1973, mientras corría por el patio de la casa de un amigo, resbalé y la tibia se rompió de nuevo por el mismo sitio. Fue una fractura terrible. Y esta vez ya no me pude recuperar. No he vuelto a caminar de forma autónoma desde entonces. Me colocaron un yeso, como siempre. Lo retiraron a los dos meses, aproximadamente. Pero no podía caminar. Supongo que había perdido masa muscular y densidad ósea. La tibia comenzó a curvarse, y el traumatólogo que me atendía recomendó la cirugía para enderezar aquella anomalía. La operación fue curiosa, porque rompieron la tibia (adrede) por el sitio habitual y enderezaron el hueso. No hubo clavos ni artilugios especiales. Y, efectivamente, la tibia se enderezó. Pero, después de retirar el yeso correspondiente, seguía necesitando bastones para caminar.

Por desgracia, la situación fue empeorando poco a poco. Y las fracturas se sucedieron, siempre en el mismo sitio, cada vez con menos espacio de tiempo entre una y otra, y sin necesidad ya de un traumatismo violento para que se produjesen. No sé cuantas veces se rompió aquella tibia, perdí la cuenta.

Recuerdo una anécdota curiosa de esta época. A mi traumatólogo se le ocurrió que mi fragilidad ósea no era normal y que, además, era generalizada. Nunca me había roto otra cosa que no fuese la tibia de la pierna derecha por el tercio medio, pero a aquel genio de la medicina no se le ocurrió otra cosa que recetarme 2 aparatos ortopédicos hasta la cadera para protegerme, incluso, la pierna izquierda, en donde nunca me había pasado nada. Por suerte, la tibia derecha debió romperse (otra vez) y aquellos aparatos debieron terminar en un almacén de reciclaje.